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Me da la impresión de que, cuando uno quiere desempeñarse en áreas artísticas, vale la pena formarse en ámbitos diferentes del que uno quiere formar parte.

No estoy seguro de que sea cierto. Puede serlo sólo en algunos casos. Pero que haya instancias en las que no es válido no implica que sea algo que no tenga ningún mérito.

Vamos a ponerme de ejemplo. Siendo que escribo, tal vez sería lógico que estudiara Letras. Seguramente me daría cierta formación acorde a lo que quiero hacer. Sin embargo, nunca se me ocurrió estudiar semejante cosa. De hecho, nunca supe que existía una carrera así hasta mucho después de haber terminado la educación formal.

Sin embargo, no siento que no haber estudiado Letras me perjudique. Al contrario, la carrera que estudié, más relacionada con el cine, aporta a lo que escribo. No estoy mandando permanentemente tecnicismos cinematográficos. Pero sí pienso de una manera distinta de la que me parece que pensaría de haberme preparado en “lo mío”.

Debe ser algo parecido a saber idiomas. Son diferentes maneras de pensar, que otorgan vocabularios distintos (y en el caso de los idiomas, eso no es metáfora). Estructuras distintas, que al ser aplicadas a otros medios otorgan resultados de características más salientes.

No estoy diciendo que los que escriben habiendo estudiado letras serán más predecibles, ni nada por el estilo. Es perfectamente válido. Simplemente, quiero hacer notar el aporte de una carrera diferente aplicada a algo que no se suponía que tenía que servir.

Léame tiene numerosos componentes extranjeros. Quiero decir no argentinos. Cuentos situados en otros países, o con mentalidades de otros países. Y también tiene expresiones en inglés que no están traducidas. ¿Por qué es así?

Respuesta: ¿por qué no? Ya sé que la respuesta es otra pregunta, pero hay que atenerse a la contratapa, en la que se explica que me gusta hacer esa pregunta en forma provocativa. Se me ha comentado que tal vez los lectores se puedan perder si no entienden las expresiones en inglés. Mi respuesta es que no creo. No son tantas las expresiones, y no son fundamentales para entender los textos. El libro está en español (que es, por cierto, un idioma extranjero).

Pero hay algo más profundo que eso. Y es lo siguiente: el libro no está escrito para el público. Está escrito para mí. En realidad no para mí, pero para alguien igual o similar a mí que no haya leído (ni escrito) esos cuentos. No sé si me explico. No me estoy preguntando qué quieren leer los demás, para después ponerme a escribir eso. Lo que hago es escribir lo que tengo ganas, lo que me parece que puede estar bueno. Lo demás viene solo.

Si una idea me parece mejor escribirla en inglés, pues la escribiré en inglés. No me importa. Si me parece mejor en alemán ahí habrá un problema, porque no sé alemán. Entonces elegiré entre alguno de los idiomas que sé.

No sé si a usted, caro lector, también le pasa. Pero a mí, a veces, encontrar extranjerismos me acerca a quien escribió un texto. Los extranjerismos muestran una manera de pensar, un código compartido. En general los que pongo podrían tener traducción, pero son mucho más directos así como están. Cuando los encuentro en un texto de otro pienso que el otro no sólo razonó esto último, sino que para llegar a razonar esto último tuvo que haber compartido esos códigos hasta llegar al extranjerismo.

De esta manera, se produce un vínculo que a los que usan nativamente esas frases no les ocurre. A través de idiomas extranjeros, autor y lector llegan a una conexión que la gente que habla ese idioma no puede tener con las mismas palabras. Al trascender los localismos, la pertenencia se afianza. La identidad sólo tiene sentido en comparación con otras identidades.